domingo, 24 de febrero de 2013

20. LAS CIUDADES INVISIBLES

Las ciudades invisibles es el título de una obra del escritor italiano Italo Calvino en la que encontramos descritas muchas ciudades fantásticas. Ninguna de ellas es reconocible; son todas inventadas. Es lo que haréis vosotros: crear una ciudad inexistente e imposible, darle nombre y describirla.

Leamos primero algunos ejemplos extraídos del libro de Calvino para tener un modelo:


BAUCIS

Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas.

Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.


Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.


ARMILLA

 Si Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas.

Abandonada antes o después de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora, alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever una o muchas mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las esponjas.


La explicación a que he llegado es ésta: de los cursos de agua canalizados en las tuberías de Armilla han quedado dueñas ninfas y náyades. Habituadas a remontar las venas subterráneas, les ha sido fácil avanzar en su nuevo reino acuático, manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos, nuevos
modos de gozar del agua. Puede ser que su invasión haya expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido construida por los hombres como un presente votivo para congraciarse con las ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En todo caso, ahora parecen contentas esas mujercitas: por la mañana se las oye cantar.
 
OCTAVIA

Si queréis creerme, bien. Ahora diré como es Octavia, ciudad telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas por cuerdas y cadenas y pasarelas. Uno camina por los travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intervalos, o se aferra a las mallas de una red de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube, se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.
Ésta es la base de la ciudad: una red que sirve para pasar y para sostener. Todo lo demás, en vez de alzarse encima, cuelga hacia abajo: escalas de cuerda, hamacas, casas en forma de bolsa, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, cestos colgados de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas de luces, tiestos con plantas de follaje colgante.

Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Octavia es menos incierta que en otras ciudades. Saben que la resistencia de la red tiene un límite.

EUTROPIA

Al entrar en el territorio que tiene a Eutropia por capital, el viajero ve no una ciudad sino muchas, de igual tamaño y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropia es no una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo.

El día en que los habitantes de Eutropia se sienten asaltados por el cansancio, y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está allí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tomara otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus vidas se renuevan de mudanza en mudanza, entre ciudades que por la exposición o el declive o los cursos de agua o los vientos se presentan cada una con ciertas diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diversidades de riqueza o de autoridad, el paso de una función a la otra ocurre casi sin sacudidas; la variedad está asegurada por los múltiples trabajos, de modo que en el espacio de una vida rara vez vuelve uno a un oficio que ya ha sido el suyo.

Así la ciudad repite su vida siempre igual, desplazándose para arriba y para abajo en su tablero de ajedrez vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los volubles, patrón de la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.

domingo, 17 de febrero de 2013

19. DE MANO EN MANO

Las dos historias que vamos a leer en esta entrada, El chelín de plata, de Hans Christian Andersen y Redondo como una rueda y rodando mientras pueda, de Antoniorrobles, tienen algo en común: ambas tienen como protagonista a un objeto del que, en 1ª o 3ª persona, se cuenta una trayectoria vital en manos de distintos dueños.

La redacción de esta semana será una narración en la que, como en los relatos mencionados, el protagonista sea un objeto que pasa de mano en mano. Sería interesante que, a la manera de Lázaro de Tormes al contar su experiencia con distintos amos, caracterizaseis a los sucesivos dueños del objeto protagonista de manera crítica, divertida o pintoresca. El relato puede estar escrito en 1ª en 3ª persona.

Redondo como una rueda y rodando mientras pueda , de Antoniorrobles.

Pues, señor, como era el día de Año Nuevo, Papá Noel trajo muchos juguetes para Botón Rompetacones, para su hermana Azulita, siempre con su lazo de mariposa en la cabeza, y para las amigas y los amigos que jugaban por el jardín alrededor del árbol de Noel. Solo era viejo en la casa el aro que Azulita tenía para recorrer los paseítos curvos de los parques.

Los niños habían estado jugando con el balón; las niñas, dando de comer a sus muñecas piedrecitas suaves y redondas del río, y otros corrían detrás del viejo aro de aquel jardín.

De pronto apareció la madre por una ventana como un muñeco de guiñol, y les gritó alegremente:

-¡Niños, que ya está el chocolate en la mesa!

Los chicos corrieron como gorriones, y al poco rato se hizo el silencio, porque estaban mojando el pan frito en el chocolate, y llenándose la cara de churretones.

Como el jardín estaba muy bonito, y el atardecer era precioso, los juguetes de Papá Noel pusiéronse a hablar; y el balón, con esa voz metálica que tienen los balones de reglamento cuando botan, exclamó:

-A mí me gusta mucho jugar con estos niños, pero me pegan cada puntapié...

Entonces una muñeca, con voz como de flor, les dijo:

-Pues yo me pasaría todo el día jugando con Azulita y sus amigas.

Y ya puestos a conversar, todos dijeron al viejo aro:

-Anda, cuéntanos tu vieja historia, que será muy curiosa. Nosotros somos nuevos, y no tenemos ninguna historia que contar...

Todos los juguetes hicieron corro alrededor, y el aro empezó así:

-Yo he nacido en este jardín, y cerquita, muy cerquita de una rosa que tenía un perfume maravilloso.

-¡Ay!, ¿y cómo tuviste un nacimiento tan romántico?

-Pues porque nací de un libro que estaba leyendo Azulita en el jardín; yo era el punto de una «i», en un libro de cuentos de Grimm.

-¿Tan chiquitito eras?

-Tan chiquitito y redondito. Luego aumenté un poco más de tamaño, y era una «o» minúscula en un libro de cuentos de Perrault. Pero como seguía ascendiendo, llegué a ser una «O» mayúscula en un mapa-mundi que Azulita tenía en su cuarto de estudio. Yo era la «O» del Océano. Entonces me pasó una cosa: que de tanto estar en el mar, cogí reuma y cambié de profesión; como era un poquito mayor, me hice anillo; pero no una sortija de esas de mucho lujo que les gustan a los señorones y a los salvajes, sino un sencillo anillo de boda; de modo que me emplearon en la boda de una tía de Azulita Rompetacones, que se casaba con un heroico militar al que le faltaba una pierna que se dejó en las guerras malditas.

Fui feliz unos días; pero seguí creciendo, y una tarde, cuando menos lo pensaba, me escurrí de su dedo, me caí en un charquito de lluvia, y no me pudieron encontrar.

-Y qué ¿te volvió a dar reuma? -preguntó un polichinela de juguete, que era un poco burlón.

-No, pero con tanta agua me puse blanducho y los que me encontraron, no sabiendo qué hacer conmigo, me emplearon como anillo de goma para los paraguas.

Me tocó ir con un señor filósofo: uno de esos sabios distraídos que se dejan el paraguas en casa los días de lluvia y lo sacan a la calle los días de Sol; uno de esos sabios que en sus conversaciones con otros caballeros aburren mucho a los niños y a los juguetes. Así es que me cansé y una vez que pude escapar salí rodando, rodando, rodando, y me metí en una tienda de juguetes. ¡Vivan los niños!

Cuando me vieron tan redondito, en seguida me dieron empleo; me pusieron en el cartel del precio de un caballo de cartón que costaba diez pesetas. Yo era el cero. Pero seguí creciendo, y una vez que se rompió la rueda de un carrito, me pusieron a mí en su lugar, porque estaba del mismo tamaño que la rueda sana.

Mucho me gustaba correr por el cristal del mostrador cuando alguien venía a comprar juguetes; pero no cesaba mi crecimiento. Y llegó un instante en que el carro cojeaba por las dos ruedas desiguales. Cojeaba mejor que aquel heroico capitán que se casó con la tía de Azulita. Y viendo entonces los de la tienda que yo podía llegar a ser un aro a poco más que creciese, me guardaron en el almacén, y cuando me vieron de buen tamaño me sacaron a la venta.

Sucedió entonces que llegó el día de Santa Azulita, patrona de las palomas; quisieron los padres de la niña comprarle un juguete; entraron, y como Azulita reconoció que yo era quien había nacido en su jardín, me compraron... y aquí estoy.

-¡Qué historia tan divertida! -dijo una de las muñecas-. ¿Y vas a seguir siendo aro toda la vida?

-¡Ca! Soy redondo y seguiré rodando; quiero ser rueda del timonel de un barco; o rueda de avión, o de automóvil. O de carro de labrador, que así no será todo viajes de entretenimiento.

-¿Y a ti no te gustaría -preguntó el balón, que era un poco ampuloso y si seguía creciendo había pensado ser planeta-; a ti no te gustaría, cuando seas mayor, llegar a ser un anillo de Saturno, o de alguno de esos astros que andan por el cielo?

-¡De ninguna manera! ¿Y yo qué sé si en Saturno hay niños, o nacen todos con barbas y paraguas, como aquel sabio de la Filosofía?... Yo quiero ir a un sitio donde haya muchos chicos y muchas chicas.

-¿Y qué has pensado? -preguntaron con curiosidad los nuevos juguetes de Papá Noel.

Entonces el aro respondió:

-Pues he pensado ser, he pensado ser... la pista redonda de un circo; del circo donde los perros den los saltos más graciosos y los payasos se caigan los golpes más divertidos; del circo donde salgan los caballitos más chiquitines y los instrumentos musicales más extraños. Y allí, cuando vea reír y reír a mi alrededor a todos los niños de la ciudad: a los hijos del médico y a los del albañil, a los del cartero y a los del arquitecto, a los de la maestra y a los de la portera, a los de los comerciantes y a los de los pescadores, ¡a todos, a todos!; cuando yo vea reír a todos los niños de la ciudad a mi alrededor, entonces seré el redondel más feliz del Mundo entero.

Esto dijo el viejo aro de Azulita Rompetacones. Y cuando terminó su historia, los nuevos juguetes que había colgado Papá Noel de su árbol, aplaudieron con alegría, bien seguros de que en aquella casa todos iban a ser felices, hasta que se cayeran a pedazos, ya de viejos.
 
 
El chelín de plata, de Hans Christian Andersen


domingo, 10 de febrero de 2013

18. OPINIÓN

En todos los periódicos encontramos una sección de opinión, y en ella, artículos de distintos autores sobre temas variados. En el artículo o columna el autor expone y argumenta su opinión sobre un tema. La estructura de este tipo de texto consta de tres partes: una introducción al tema tratado, un cuerpo argumentativo y una conclusión.

Vais a escribir vuestro propio artículo de opinión. El tema será, ya que estamos en la semana de febrero en que se celebra este evento, el día de San Valentín, también conocido como Día de los Enamorados. ¿Qué pensáis de esta fiesta? ¿Os parece importante o estúpida, un invento comercial o algo que la gente siente de verdad? ¿Cómo la vivís, qué pensáis de lo que se hace ese día? En vuestro artículo, después de una introducción, debéis dar vuestras razones para justificar lo que opináis de ella. Está permitido incluir anécdotas si sirven como argumento a vuestra idea. Cerrad el texto con una conclusión en la que recapituléis lo anteriormente expuesto. No olvidéis utilizar conectores adecuados para dar cohesión al texto: Para empezar, por una parte, por otra, sin embargo, no obstante, finalmente, en definitiva, en conclusión...

Adjunto enlaces de algunos artículos encontrados por la red que pueden servir de ejemplo:


http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/dia-de-san-valentin_696039.html

domingo, 3 de febrero de 2013

17. MI PANDILLA


En el fragmento de Rebeldes, de Susan E. Hinton, que vamos a leer a continuación, el narrador protagonista, un chico de catorce años que vive en un barrio pobre del East Side de Nueva York, describe uno a uno a los componentes de su pandilla.

Vosotros realizaréis un trabajo similar: una descripción de vuestra pandilla, que puede ser real o inventada. Han de describirse cuatro personas, aunque si alguien desea añadir más puede hacerlo.

Para escribirla, fijaos en cómo están organizadas las descripciones. Todas  ellas reúnen rasgos físicos y de carácter (prosopografía y etopeya). Lo importante no es describir muchos rasgos, sino escoger los que sean realmente significativos en una persona. Notad, además, que los actos cotidianos que realizan, sus aficiones y habilidades, el atuendo o las circunstancias familiares, pueden servir para definir mejor al personaje. Además, el narrador aporta apreciaciones personales en cada una de las descripciones. Pero, sobre todo, no olvidéis que es muy importante la selección: hay que escoger los rasgos que mejor caractericen a cada uno, sin incluir ese género de información anodina y aburrida que no aporta nada. Mucho mejor será elegir unas pocas cualidades claras y determinantes que hacer una descripción demasiado exhaustiva.

Comenzad por un breve párrafo introductorio y continuad directamente con cada personaje, como en el ejemplo:

Nuestra pandilla había perseguido a los socs hasta su coche y los habíaN apedreado. Volvieron corriendo a donde estábamos -cuatro tíos duros y flacos-. Eran todos duros como rocas, no había más que verlos. Yo había crecido con ellos,y me aceptaban pese a ser más joven porque era el hermano menor de Darry y Soda y sabía mantener la boca cerrada.

Steve Randle tenía diecisiete años; era alto y flaco, con un pelo espeso y grasiento que llevaba peinado en complicados rizos. Era un tío chulo, agudo y el mejor amigo de Soda desde que dejó la escuela. Su especialidad eran los coches. Era capaz de quitar un tapacubos más deprisa y haciendo menos ruido que cualquier otro del barrio, pero también conocía los coches de arriba abajo y por delante y por detrás, y sabía conducir cualquier cosa con ruedas. Él y Soda trabajaban en la misma gasolinera - Steve por horas y Soda todo el día-, que tenía, por cierto, más clientes que cualquier otra en la ciudad. Quizá fuera porque Steve era tan bueno con los coches o porque Soda atraía a las chicas como la miel a las moscas, no sabría decírtelo. Me gustaba Steve sólo por ser el mejor amigo de Soda. Yo no le hacía ni pizca de gracia, pensaba que era un perrito faldero y un crío. Soda siempre me llevaba con ellos cuando iban por ahí, siempre que no fuesen con chicas, y eso a Steve le fastidiaba. No era culpa mía: Soda siempre me llamaba, no era yo quien se lo pedía. Soda no piensa que soy un crío.

Two-Bit Matthew era el más viejo de la panda y el mayor bromista de todos. Medía uno noventa más o menos, bastante robusto, y estaba muy orgulloso de sus largas patillas color rojo oxidado. Tenía los ojos grises y una ancha sonrisa, y no podía dejar de hacer comentarios divertidos ni aunque le fuese en ello. Era imposible hacerle callar, siempre se las arreglaba para decir sus dos paridas. De ahí el apodo. Hasta los profesores olvidaron que su verdadero nombre era Keith, y nosotros apenas si recordábamos que alguna vez lo hubiese tenido. La vida era una enorme broma para Two-Bit. Era famoso por su habilidad para mangar en las tiendas y por su faca de cachas negras ( que no podría haber adquirido sin ese primer talento), siempre andaba de bromas y cachondeo con los polis. En realidad no podía evitarlo. Todo cuando decía era tan irresistiblemente divertido que pura y simplemente tenía que hacer que la bofia se enterase, aunque sólo fuera para iluminar sus aburridas vidas. (Así al menos es como me lo explico) Le gustaban las peleas, las rubias y, por alguna insondable razón, la escuela. A los dieciocho aún seguía en el instituto y nunca había aprendido nada. A mí me gustaba mucho porque nos hacía reír de nosotros mismos tanto como de otras cosas. Me recordaba a Will Rogers, quizá por la sonrisa.

Si tuviese que elegir al verdadero personaje de la pandilla, me quedaría con Dallas Winston, Dally. Antes me gustaba dibujar su estampa cuando andaba cabreado, porque podía plasmar su personalidad con unos pocos trazos. Tenía cara de duende, con pómulos muy salientes y mentón huidizo, dientes pequeños y afilados, como de animal, y orejas como las de un lince. De tan rubio, tenía el pelo casi blanco, y no le gustaba cortárselo, así como tampoco la gomina, de manera que le caía en mechones sobre la frente y en crenchas por detrás, y se le rizaba tras las orejas y en el cogote. Tenía ojos azules, resplandecientes como el hielo y fríos de aborrecimiento por el mundo entero. Dally había pasado tres años en la parte más salvaje de Nueva York y había estado en el talego a la edad de diez años. Era más duro que el resto de nosotros, más duro, más frío, más mezquino. La sombra de diferencia que distingue a un greaser de un Hood no existía en Dally. Era tan bestia como los chicos de los suburbios, como la banda de Tim Shepard.

En Nueva York, Dally se desfogaba en peleas callejeras, pero aquí las bandas organizadas son una rareza; no hay más que grupillos de amigos que se juntan y la guerra tiene lugar entre clases sociales. Una riña, cuando se arma de veras, suele nacer de una pelea por rencor a la que los contendientes van con sus amigos. Bueno, sí que hay por aquí algunas bandas con nombre, como los Reyes del Río y los Tigres de la Calle Tíber, pero aquí, en el suroeste, no hay rivalidad entre bandas. Así que Dally, aunque a veces tenía la oportunidad de meterse en peleas de las buenas, no odiaba nada en especial. Ninguna banda rival. Sólo los socs. Y contra ellos no se puede ganar, ni por mucho que lo intentes, porque son ellos quienes tienen todas las ventajas a su favor. Y si ni siquiera zurrarlos va a cambiar los hechas. Quizá por eso Dallas era tan amago.

Tenía lo que se dice toda una reputación. Estaba fichado en la comisaría. le habían arrestado, se emborrachaba, participaba en los rodeos, mentía, hacía trampas, robaba, atracaba a borrachos, pegaba a los niños pequeños... de todo. No me gustaba, pero era listo y había que respetarle.

Johnny Cade era el último y el poquita cosa. Si puedes imaginarte un muñeco que ha sido vapuleado demasiadas veces y que está perdido entre una muchedumbre de extraños, ahí tienes a Johnny. Era el más joven, aparte de mí, y más pequeño que el resto, de complexión ligera. Tenía grandes ojos negros en una cara oscura, bronceada, el pelo era negrísimo y lo llevaba engominado, peinado hacia un lado, pero lo tenía tan largo que le caía a chorretones sobre la frente. Tenía una mirada nerviosa, suspicaz, y la paliza que le dieron los socs no le vino nada bien. Era la mascota de la banda, el hermano pequeño de todos. Su padre estaba siempre venga a pegarle, y su madre no le hacía ni caso excepto cuando estaba jorobada por algo, y entonces se la oía berrearle con toda claridad desde nuestra casa. Creo que odiaba más eso que las palizas. Si no hubiéramos estado allí, se habría escapado de casa un millón de veces. De no haber sido por la pandilla, Johnny nunca habría conocido qué son el amor y el afecto.

 

domingo, 27 de enero de 2013

16. PAYADA DE LA VACA


La payada, en Argentina, Uruguay, sur de Brasil, y parte de Paraguay, o paya en Chile, es un arte poético musical perteneciente a la cultura hispánica, que adquirió un gran desarrollo en el Cono Sur de América, en el que una persona, el payador, improvisa un recitado en rima, cantado y acompañado de una guitarra. Cuando la payada es a dúo se denomina contrapunto y toma la forma de un duelo cantado, en el que cada payador debe contestar payando las preguntas de su contrincante, para luego pasar a preguntar del mismo modo. Estas payadas a dúo suelen durar horas, a veces días, y terminan cuando uno de los cantores no responde inmediatamente a la pregunta de su contendiente.

Es un arte emparentado con el versolarismo vasco, el trovo alpujarreño y el repentismo cubano. Este tipo de "discusión dialéctica" responde a un patrón que ha estado presente en un gran número de culturas, y forma parte de la tradición asiática, de las culturas griega y romana y de la historia del Mediterráneo musulmán.”

En torno a las payadas hay incluso leyendas, como la de Santos Vega, un payador que se enfrentó en duelo de versos al mismísimo diablo oculto bajo el nombre de Juan Sin Ropa. Adjunto la leyenda al final, relatada por Mujica Laínez.

No penséis que esto de disputar en versos es una costumbre anticuada. También es practicado por los raperos. Estos realizan “batallas de gallos”, competiciones basadas en la capacidad para improvisar en un combate verbal uno contra uno entre dos raperos cuyo objetivo es, mediante rimas, humillar y quedar por encima del rival.

En este vídeo vemos un duelo entre raperos y payadores. ¿Qué estilo preferís, el más romántico y tradicional de los payadores o el agresivo y malhablado de los raperos?

http://payadas.com/payadores-vs-raperos

El famoso grupo argentino de músicos y humoristas Les Luthiers compuso una conocida payada en clave cómica, la “Payada de la vaca”, que podemos ver en el siguiente enlace:

[]


Y que también podemos cantar acompañados de una guitarra si queremos, porque en esta dirección  aparecen la letra y los acordes:


Después de todo lo que hemos visto, escuchado y leído os anuncio que tendréis que escribir una payada. Lo más sencillo será que compongáis un acertijo con la consiguiente respuesta, al modo de Les Luthiers, aunque también podéis hacer un reto con su contestación, como en el vídeo de los payadores. Escribiréis dos intervenciones, de ocho versos  cada una, versos octosílabos y un esquema métrico como este, con rima consonante: -aabba-a

Ejemplo de la Payada de la Vaca:

Nómbreme usted el animal
que no es toro ni cebú 
Que pa ayudar la salud 
y pa que a usted la aproveche 
Le da la carne y la leche 
 n generosa actitud
Tiene cola y cuatro patas
Y cuando muge hace muuuuuu.
 
         *
Le contesto en ocho versos 
así su enojo se aplaca
El error que usted me achaca
no es error ni es para tanto
En octosílabos canto
con rima que se destaca
Con elegancia lo digo
sin hacer tanta alharaca
 
¡¡¡La vaca!!!
 
 
Para terminar, dejo la leyenda de Santos Varga antes prometida, puesta por escrito por Manuel Mújica Láinez.
 

EL ÁNGEL Y EL PAYADOR

 

Esto sucedió, señores, allá por los años en que derro­tamos a los brasileros en la batalla de Ituzaingó; quizás un poco antes, hacia 1825. La fecha de Ituizangó no pue­do olvidarla, porque la conservo en el dibujo de la hoja de un cuchillo que me regaló un puestero de Balcarce. Vaya a saber quién fue su dueño. Si me prestan, pues, atención, escucharán una historia que me contó mi abue­lo. Era un hombre serio y se la había oído a su padre. Yo la llamo «el cuento del Ángel y el Payador», para acortar, pero el verdadero nombre sería «el cuento del Ángel, el Diablo y el Payador»: y pongo al Ángel prime­ro por su condición divina; después a Mandinga para que no se enoje; y por último al Payador porque, a pe­sar de haber sido el más grande que pisó nuestros pa­gos, y tanto que lo solían apodar «aquel de la larga fama», no era más que un hombre y como tal capaz de todas las debilidades. Ya colegirán que estoy hablando de Santos Vega.

El padre de mi abuelo lo vio una vez en una pulpe­ría de Dolores y decía que era un gaucho buen mozo, tostado por el sol y el viento, más bien bajo y delgado, con la barba y el pelo renegridos. Claro que en la época de lo que voy a referir andaría arañando los setenta y el pelo y la barba se le pusieron blancos como leche. Había sido rico. Había tenido estancia y tropillas, pero por entonces no le quedaban más pilchas que lo que lle­vaba encima, más plata que las dos virolas del cuchillo de cabo negro, y más flete que un alazán tostado como él y un potrillo de barriga redonda: el Mataco.

La fama de Santos Vega se esparció por todo el campo argentino. Los paisanos lo adoraban como a un dios Por eso la gente cree que fue un personaje imaginario, pues les resulta imposible que un individuo de carne y hueso como ustedes y yo, ganara con la guitarra tanta reverencia.

Algunos lo pintan como un gaucho malo que se pasó la vida cobrando una deuda de sangre a los jueces de paz y acuchillando a cuanta partida de la ley se le cruzó en el camino. No es cierto. Así por lo menos lo declaraba mi antepasado. Puso su gloria en la guitarra y no necesitó andar marcando cristianos para merecer el respeto de los criollos: no porque no fuera valiente, entiéndanme bien, sino porque para él lo principal fue la guitarra.

Y ¡qué guitarra! Juraba mi abuelo que su padre la describía como si tuviera vida propia. Decía que cuando Vega se afirmaba en ella y empezaba a acariciarla, su caja se estremecía como un cuerpo de mujer, y que las cintas de colores patrios con las cuales la habían engalanado las chinas querendonas, se movían como trenzas tironeadas por el aire. Esto sí puede ser exageración. ¡Vaya uno a saber! Todo lo que atañe a Vega se oscu­rece con tanto misterio que lo mejor es escucharlo tran­quilamente, sin impresionarse por su rareza.

 Con esa guitarra se arrimó a cuanto fogón hospitala­rio se encendía en la provincia. De repente aparecía por San Pedro y de repente por Chascomús; un día lo en­contraban en la Magdalena y el otro en Lujan o en Arre­cifes, como si galopara sobre el pampero. Varias veces estuvo en Buenos Aires y es fama que su entusiasmo calentó a los mozos de las estancias y los obligó a arrear sus tropillas hasta la capital, cuando la patria los reque­ría para los ejércitos, después del 25 de mayo. Se los trajo cantando: hacía lo que quería con la voz.

 Algunos gauchos aseguraban que lo habían visto al mismo tiempo en dos lugares. Así nació su leyenda. No faltaba a los fandangos ni a los velorios del angelito. Apenas empezaba el paisanaje a juntarse en cualquier sitio alrededor de un asado con cuero y tortas fritas, y apenas se desataba el zapateo de un malambo o el bas­tonero anunciaba un pericón, ya barruntaba la concurrencia que Santos Vega se descolgaría de las nubes aunque no le avisaran. Y era así. Entonces aquello se ponía lindo. El payador se acomodaba en las raíces de un ombú o al amparo de la ramada y cantaba unos estilos y unos tristes que no ha vuelto a cantar ninguno. Al principio algunos se animaban a payar con él, pero pronto com­prendieron que no podría vencerle nadie. Cuentan que hasta los perros lo rodeaban y los pingos, con las orejas tiesas, y que los tucutucos salían de sus cuevas para es­cucharlo.

 Hasta que la gente comenzó a decir que el único que conseguiría ganarle en una payada sería el Diablo mismo, porque no existía hombre capaz de tal hazaña. Él se reía y contestaba que cuando el Diablo quisiera lo esperaba de firme. Y ese pensamiento orgu­lloso casi lo condenó a penar para siempre en las viz­cacheras infernales.

Pero vamos a mi cuento. Sucedió, pues, hacia 1825, y me parece que Bernardino Rivadavia estaba al frente del gobierno, aunque es posible que me equivoque y haya sido otro. Libros hay que sacarán de dudas a los fastidiosos, pero los libros están lejos y yo no sé qué desconsideración me tiene la lectura que al ratito me hace lagrimear.

Había en Buenos Aires, por aquel entonces, un barrio que llamaban del Pino, a causa de un árbol gigantesco cuya sombra invitaba a los pájaros. Si mal no recuerdo, ese barrio se extendía por donde corre hoy la calle Mon­tevideo, cerca de Santa Fe. Un boliche atraía los paisa­nos al atardecer junto al árbol mentado. Acudían de todas partes de la ciudad a jugar a la taba, a perder los patacones en las riñas de gallos, las cuadreras y las sor­tijas, y a hacer boca con una azumbre de caña: la gine­bra era superior.

Un día el barullo cesó temprano, porque Santos Vega, ya viejo, se había echado a dormir bajo las ramas y no querían molestar su sueño. Cuando nadie lo espe­raba, surgió por allí un moreno desconocido. Era su es­tampa, dice mi bisabuelo, la de un gaucho malevo, alto y flaco, con una cara afilada como un facón y unos ojos de bagual. Montaba un parejero que a los gauchos los dejó medio locos, un doradillo que cuando le daba el sol echaba luz. Vestía de negro y su único adorno era un cinto lleno de monedas de oro, lo mismo que la rastra. ¡De oro, señores, como están oyendo!

Se acercó a don Santos sin saludar a nadie y lo despertó rozándole el hombro con el rebenque.

—Mire, amigo —explicó—, me he enterado que hace tiempo que me busca para una payada. Aquí estoy para lo que mande.

Vega entreabrió los ojos pesados de sueño y lo estuvo observando un rato:

—Yo no lo conozco, compadre; ni siquiera sé su nombre.

El enlutado rió con una risa fea:

—Lo mismo vale un nombre que otro, lo que impor­ta son las uñas. Si le parece, puede llamarme Juan Sin Ropa, y si le parece no payaremos. Puede ser que esté cansado.

Se había formado alrededor una rueda de guapos que murmuraban de asombro. Intervino el pulpero abombado, después de darle un beso a la damajuana:

—Usté no sabe con quién se mete, don. Éste es San­tos Vega.

—De mentas lo conozco y me tiene a su disposición. Don Santos estiró los brazos y se levantó:

—Cuando guste, Juan Sin Ropa.

—Usté primero, don Santos.

Debió ser cosa de verse. El viejo rompió en un pre­ludio en el que daba la bienvenida al misterioso adver­sario, y aguardó.

Cuando le tocó responder al moreno y empezó a flo­rearse como baqueano, todos comprendieron que la cosa sería larga, y aunque no se tomaron apuestas pues esta­ban seguros del triunfo del más anciano, alguno sintió que un frío finito le corría por la espalda.

¿Para qué les repetiré lo que siguió? Es cosa que sabe todo el mundo. Tres días y tres noches estuvieron cantando. La cifra pasaba de boca en boca sin que die­ran muestras de abandonar. Hasta que la concurrencia notó que don Santos flaqueaba. Más de una vez se de­tuvo, esperando la inspiración, y repitió versos que ya se habían oído. En cambio el otro continuaba como un político de esos que tienen charla hasta el día del Juicio Final. Por fin Vega no pudo más y arrojó la guitarra. Entonces Juan Sin Ropa lanzó una carcajada tan sinies­tra que los hombres se santiguaron. El pino se incendió de arriba abajo como una hoguera que prende en un pajonal, y el payador victorioso arrancó la bordona del viejo de un manotazo que hizo relampaguear sus uñas como navajas. Luego desapareció entre las llamas que envolvían al árbol. Era el Diablo, que le había salido al encuentro a quien lo retó a duelo, ignorando que no se juega con Satanás. Disparó el paisanaje y no me extraña. También hu­biera disparado yo. Sólo el pulpero quedó allí: la tranca lo había dejado duro como palenque de potro. Entonces se abrió el ramaje como una cortina de fuego, y un mu­chachito de unos doce años se acercó al vencido que se tapaba la cara con el poncho.

—Vamos, tata —le dijo, y lo ayudó a levantarse.

El viejo tomó la guitarra y lo siguió cojeando. Mon­tó en su alazán y el mocito saltó en el potrillo barrigón. Se alejaron al tranco y nadie volvió a verlos en Buenos Aires.

Contaba mi bisabuelo que galoparon sin pronunciar palabra hacia los pagos del Salado. En Chascomús reco­nocieron a Vega. Iba doblado sobre el flete y el mucha­cho trotaba detrás. Había cazado dos mulitas que lle­vaba a los tientos. Como era invierno, no paraba de llover y de soplar un viento rabioso. A don Santos se le pegaba el poncho sobre el chiripá y el calzoncillo cri­bado.

Llegaron así una noche a la estancia de don Gerva­sio Rosas, la que fue después de Sáenz Valiente, en la boca del Tuyú. Los peones ya habían asegurado la ha­cienda, porque la tormenta no amainaba, y mateaban en el puesto Las Tijeras, cuando oyeron ladrar. El capataz se asomó a la puerta, gritando para contener a los pe­rros y éstos obedecieron su orden. Entonces Santos Vega y su compañero entraron en la cocina. Chorreaban agua como si recién salieran del río.

El capataz abrazó al payador:

— ¡Bien haiga, don Santos, arrímese al fuego! ¡No tenía el gusto de verlo desde sus payadas en la esquina La Real!

El viejo casi no respondió. Venía medio muerto por el disgusto y por el frío. Se quitó el poncho, aceptó un amargo y se acomodó junto a las brasas. El mocito acercó una de las mulitas al fogón para asarla. Comieron despacio y don Santos se durmió. Tiritaba y hablaba en sueños. Los paisanos fueron tumbándose también sobre ­los aperos. Sólo velaba el muchacho. ¿No les he dicho cómo era? Tenía el pelo negro y lacio, volcado sobre las orejas, y unos ojos como dos carbones pero azules. Con el caparazón del otro bicho se puso a hacer una guitarrita que era un primor.

La noche entretanto andaba y la lluvia batía la paja quinchada del rancho. Por ahí se despertó Santos Vega. Los reflejos del fogón le iluminaban la barba noble abierta sobre el pecho. Estuvo espiando al mocito y murmuró:

—Mira, muchacho, sé que voy a morir y que iré al Infierno.

—¿Y por qué al Infierno, tata?

—Porque he sido un mal cristiano y Dios es justo. Aquel hombre que me venció en la pulpería del Pino no era un hombre: era el propio Mandinga. Me ha vencido porque fui soberbio y quise medirme con él. Ahora ten­dré que pagar mi pecado.

El niño se sonrió como un ángel. Ya les adelanté al comenzar que éste se llama «el cuento del Ángel y el Payador», de manera que habrán colegido que era un ángel. Y ¿qué ángel?, me preguntarán. Pero tendrán que perdonar mi ignorancia. Puede que fuera el Ángel de la Guarda de don Santos, o un ángel que bichó desde las nubes lo mal que le iba en su versería con el Demonio. Sí, para mí era uno de esos ángeles que tocan música para alegrar al Señor. Probablemente no le habrá gus­tado que el Malo pudiera andar contando por ahí que había maltratado al mejor payador criollo. Quería tener­lo en el Cielo con su guitarra, para que la orquesta sa­grada sonara mejor. ¡Vaya a saber!

—Usté no se va al Infierno, tata —le dijo—. Yo le propongo que payemos ahora mismo, sin esperar. Si me vence a mí, le prometo que se va derechito al Cielo. Se sonrió don Santos melancólicamente:

—¿Y vos qué sabes de estas cosas?

Por respuesta el ángel rasgueó su instrumento tan lindamente que al viejo, enfermo y todo como estaba, los ojos le brillaron.

—Pero es al ñudo, yo no puedo cantar con vos. Aquel malvado me cortó la bordona.

El mozo tocó la cuerda con un dedo y don Santos se persignó, porque la cuerda se estiró como si fuera una serpiente y se enredó sola en la clavija. Al mismo tiem­po un gran resplandor inundó la cocina, como si hubie­ran prendido mil velas, y el payador vio que la cosa iba en serio.

Payaron toda la noche, la guitarra contra la guitarrita, y lo milagroso es que ni uno de los peones se desper­tó. Afuera la lluvia enmudeció para escucharlos y el cie­lo se fue pintando de estrellas. ¡Qué payada, señores! El viejo se esforzó como nunca. Adivinaba que de su inspi­ración dependía la gloria eterna. Yo no sé si el ángel se habrá dejado ganar de puro bueno, pero lo cierto es que anduvo apurado. A veces se sacudía y la pieza se llenaba de plumones celestes. Don Santos, para apre­tarlo, le preguntaba por las cosas de la tierra, y el de los ojos azules retrucaba preguntándole por las del cie­lo. Por fin el mozo se iluminó todo como una imagen del altar, y suspiró:

—Me ha derrotado en buena ley, don Santos.

Al viejo se le cerraron los párpados ahí mismo. Al día siguiente lo enterraron a la sombra de un tala, en campo verde, donde lo pisara el ganado, como pedía en sus trovos. Los peones clavetearon un cajón hecho con maderas de los barcos hundidos en la playa vecina du­rante la guerra con el Brasil. Agregaba mi bisabuelo que el payador sonreía cuando le dieron sepultura, como si ya hubiera empezado a cantar delante de Tata Dios.

domingo, 20 de enero de 2013

15. ANTIHÉROES


Esta semana vais a escribir una narración. Vuestro texto será un relato corto protagonizado por un antihéroe. Ya sabéis por las clases de Literatura que un antihéroe es un personaje corriente, que presenta cualidades contrapuestas a la del héroe convencional, ya sea por su aspecto, su modo de vida, sus motivaciones o los resultados que obtiene en sus empresas. Es todo lo contrario del personaje noble, guapo, perfecto, al que todo le sale bien.

La literatura y el cine están llenos de antihéroes; en realidad suelen resultar más divertidos y simpáticos a los lectores, que se identifican con él o simplemente se ríen de sus cómicos lances. Desde Lázaro de Tormes o Don Quijote hasta el popular Homer Simpson hay una larguísima lista de antihéroes de ficción.

Vuestro relato debe presentar la descripción y una aventura de un antihéroe, ambientada en la época y el lugar que queráis. Puede estar narrada en primera o tercera persona, a vuestro gusto.

domingo, 13 de enero de 2013

14. INSTRUCCIONES

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA, de Julio Cortázar

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

INSTRUCCIONES PARA LLORAR, de Julio Cortázar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
http://www.youtube.com/watch?v=0gO5yUxlESQ
http://www.youtube.com/watch?v=Rz4wzvDhyu0&feature=endscreen&NR=1


"Si quisiéramos explicarle a alguien por teléfono con todo detalle cómo atarse los cordones de los zapatos, no lo lograríamos, porque ese acto requiere movimientos musculares de una precisión de fracciones de milímetro y el lenguaje sólo nos permite expresar categorías como grande, pequeño, izquierda, derecha, arriba, abajo…”, dice el lingüista Steve Pinker. Julio Cortázar sí logra escribir las instrucciones de acciones muy cotidianas en estos textos, aunque su intención no es práctica, sino artística y humorística.

Vuestra tarea consiste precisamente en desafiar a Steve Pinker y, a la manera de Julio Cortázar, escribir unas instrucciones para inflar un globo, para ponerse los zapatos o para roncar. Ten en cuenta que no debes dar por supuesto que nuestros imaginarios interlocutores saben de antemano cosas que nos parecen obvias. Hay que ser tan preciso como si se tratara de un texto técnico, y al mismo tiempo procuras que el texto no resulte pesado sino ingenioso.