domingo, 21 de abril de 2013

26. ENCERRONA

La redacción que vais a hacer esta semana será una pieza teatral breve. Las convenciones de este tipo de escrito las conocéis ya. Después del título habéis de escribir la lista de personajes, en mayúscula, y posteriormente, con letra cursiva, indicar en las acotaciones los elementos básicos de tiempo, lugar y características de los personajes necesarios para poder imaginar la escena. Luego comienzan los diálogos; delante de cada intervención irá escrito el nombre del personaje en letra mayúscula, sin guion previo. Recuerda que NO HAY NARRADOR; si tenéis que hacer aclaraciones hay que incluirlas entre paréntesis y en cursiva, para así, mediante el tipo de letra, poder distinguir bien el texto A (el de la historia) del texto B (el de la representación, las acotaciones).

En cuanto a la historia, debe de tener de dos a cuatro personajes. Estos han de ser personas muy diferentes, que no se conozcan muy bien, que se encuentran, por alguna circunstancia, encerrados en un lugar por un determinado tiempo, el que dura la representación, que acabará con la liberación (...o no). El novio de una chica, su exnovio y la madre de la misma chica se quedan atrapados en el ascensor; un profesor y un alumno se quedan encerrados en la clase; en un vagón de tren se quedan parados en medio de la nieve cuatro personajes dispares: una artista de circo, una señora chapada a la antigua, un suicida y un testigo de Johová... En fin; el límite está en vuestra imaginación. ¿Qué saldrá de ese encierro forzoso? Seguro que algo impensable.

Os dejo una obra de teatro en la que dos personajes, una anciana y un joven, conversan en la sala de espera de un médico:


La consulta.- Ángel Camacho Cabrera

 

Personajes:

DOÑA ENCARNITA

EL JOVEN

UNA ENFERMERA

UN PACIENTE.

 

Nos hallamos en la sala de espera de una consulta médica. No nos llama la atención el mobiliario, porque lo compone, como casi siempre: un tresillo de escay, unas cuantas sillas, una mesita con revistas muy manoseadas. En las paredes, algunos cuadros con reproducciones litográficas de escaso valor comercial. Un plafón de cristal en el techo, desde el que se esparce la luz por la estancia. En uno de los sillones vemos a una anciana que, mientras espera ser recibida por el doctor, se entretiene en hacer punto. Ella sí nos llama poderosamente la atención, ¡y de qué manera!

 

Se trata de una viejecita que representa menos edad de la que realmente tiene, edad que no nos es posible adivinar, aunque nos lo propusiéramos, por muchas razones. Una de ellas podría ser el abigarrado estampado de su vestido, donde sobre un fondo negro y  de enormes hojas verdes de parra, sobresalen y se entrelazan grandes flores rosas y violetas; otras, los coquetones chapotes de coloretes en sus mejillas, después de cuidadosamente empolvadas; o también, ¿por qué no?, el rabioso carmín de sus labios… ¿Y qué me dicen ustedes de su pelo teñido de color azafrán recién vitalizado, estofado y peinado en su reciente visita a la peluquería?

  

Su cuerpo menudo aparenta fragilidad; sin embargo, no deja de sorprender la rapidez de sus manos en el manejo de las agujas…Nos da la impresión de que se siente muy a gusto y cómoda, como, si en lugar de encontrarse en la fría sala de espera de una consulta médica, estuviese en el confortable salón de su casa. Su rostro irradia simpatía… Es una de esas señoras ancianas que caen bien, así, a simple vista, aunque no sabemos, a ciencia cierta, lo que resultará a la persona que acaba de entrar en este preciso momento.

           

El recién llegado es un hombre relativamente joven, delgado y algo tímido. ¡Ah!, y demasiado aprensivo, como luego veremos…

 

EL JOVEN: Buenas tardes.

DOÑA ENCARNITA: Buenas tardes, joven.

EL JOVEN: ¿Es usted la última?

DOÑA ENCARNITA: Le penúltima. El último es usted, que acaba de entrar. Pero, si tiene prisa, le dejo colarse.

EL JOVEN: ¡Oh, no, no, de ninguna manera!

DOÑA ENCARNITA: Si a mí no me importa… De veras que no me importa ni tanto así.

EL JOVEN: No, no, señora, muchas gracias.

DOÑA ENCARNITA: No hay de qué. (Después de un breve silencio) ¿De verdad que no quiere?

EL JOVEN: ¿Qué…?

DOÑA ENCARNITA: Colarse…

EL JOVEN: Se lo agradezco mucho, pero…

DOÑA ENCARNITA: (Interrumpiéndole) Pero si en las consultas médicas todo el que puede se cuela…

EL JOVEN: Yo prefiero guardar mi turno, y usted, señora, está primero.

DOÑA ENCARNITA: ¡Bravo, muchacho, así me gusta! No se tropieza una todos los días con jóvenes así, tan educados, y mucho menos en las consultas donde se ve cada caso… Porque, créame, hay gentes que no respetan lo más mínimo la enfermedad del prójimo, como si una viniera aquí a pasar el rato… Que una cosa es aprovecharlo como yo, haciendo punto, y otra bien distinta es perderlo estúpidamente… La última vez que vine, que fue la semana pasada, terminé una colcha de matrimonio. Hoy mismo he iniciado este suéter y mire, mire por donde lo llevo ya… En dos consultas más la acabo… ¿Y usted qué hace?

EL JOVEN: ¿Yo?

DOÑA ENCARNITA: Sí, usted. ¿Qué hace usted en las consultas para entretenerse?

EL JOVEN: Bueno… esperar.

DOÑA ENCARNITA: ¿Esperar sólo?

EL JOVEN: A veces leo.

DOÑA ENCARNITA: No me diga que esas porquerías. Yo no he visto mayores porquerías que las revistas que ponen los médicos para entretener a sus pacientes… Chismorreos y más chismorreos… Y si fueran los últimos… Pero no, chismorreos de antes de la guerra. Figúrese que entre esas revistas, hay una con la noticia de cuando (Cita a un personaje popular) cumplió veinticinco años… ¡No ha llovido nada desde entonces!... Y a propósito, joven, ¿qué pasa este año que no llueve? Ni una gota, ni una miserable gota… No me extraña que cada vez haya más enfermos… Si al menos lloviera se limpiaría la atmósfera…. Y las calles, ¿usted se ha fijado qué sucias están las calles?... Mejor es que no se fije, porque le va a dar asco caminar por ellas… Pero como no llueve… ¿Por qué cree usted que no llueve?... Ya sé lo que me va a decir… Por las bombas atómicas y todo eso… ¡No me extrañaría nada!... Vamos, yo estoy casi segura de que es por esos artefactos del demonio…. ¡Segurísima!... Yo me acuerdo, cuando pequeña, que todos los años por estas fechas llovía, ¡y de qué manera! Pero lo que es ahora. Oiga, ni una miserable gota… ¿usted cree que la atmósfera se estará secando?

EL JOVEN: La verdad, yo…

DOÑA ENCARNITA: No, no hace falta que me lo diga. Yo sé que usted piensa lo mismo: que la atmósfera se está secando. Y no se extrañe que aparezcan las epidemias y todas  esas cosas horribles…

EL JOVEN: Sí, señora, tiene usted razón.

DOÑA ENCARNITA: Sin la menor duda, joven, sin la menor duda.

EL JOVEN: ¿Sabe si ha llegado el doctor?

DOÑA ENCARNITA: Está atendiendo a un enfermo. Por cierto, tenía una cara espantosa.

EL JOVEN: ¿El enfermo?

DOÑA ENCARNITA: No, el doctor. Alguna vez los médicos también se pondrán malos, ¿no?... Lo encontré palidísimo… Aunque, mirándolo bien, usted tampoco tiene muy bien color que digamos.

EL JOVEN: ¿Usted… cree?

DOÑA ENCARNITA: ¿Por qué ha venido a la consulta?

EL JOVEN: Hace días que me duele la garganta.

DOÑA ENCARNITA: ¿Ha dicho la… garganta?

EL JOVEN: Sí.

DOÑA ENCARNITA: ¿Seguro que es la garganta?

EL JOVEN: Seguro.

DOÑA ENCARNITA: Entonces es que seguramente le duele la garganta. ¿Y sabe por qué le duele? Por la falta de lluvia, ni más ni menos. Oiga, ¿cuántos días hace que le duele la garganta?

EL JOVEN: Dos o tres… cuatro, quizás…

DOÑA ENCARNITA: Trate de recordar los días exactos. No es lo mismo si el dolor le empezó hace dos días que hace cuatro o cinco, no es lo mismo…

EL JOVEN: Creo que más bien cuatro…

DOÑA ENCARNITA: ¿Cuatro? Como a mi sobrina Loli… Porque a mi sobrina la cosa le empezó igual que a usted, con un simple dolorcito de garganta… Fue el año pasado, por esta misma época, en la que tampoco llovía… Al principio no le hizo caso a ese dolorcito, y cuando se dio cuenta, era víctima de la epidemia. Y como este año, por desgracia, la volvemos a padecer…

EL JOVEN: ¿A qué se refiere?

DOÑA ENCARNITA: ¿A qué va a ser? ¡A la epidemia!

EL JOVEN: Yo no he oído decir nada de epidemias.

DOÑA ENCARNITA: ¿En serio?... Pero si siempre pasa lo mismo, cuando no llueve… ¿Por qué se extraña entonces? ¿Trata de engañarme?

EL JOVEN: ¡No, por Dios!

DOÑA ENCARNITA: Porque si trata de engañarme, para no asustarme, tengo que decirle que estoy vacunada y que, por lo tanto, no tengo ningún temor al contagio… conque, si ha agarrado el virus, o el virus le ha agarrado a usted, que para el caso es lo mismo, no se preocupe por mí que estoy inmunizada.

EL JOVEN: ¿El virus? ¿Qué virus?

DOÑA ENCARNITA: El virus que aparece cuando la atmósfera se seca.

EL JOVEN: Pero si yo sólo tengo un dolor de garganta…

DOÑA ENCARNITA: ¿Sólo? Apuesto lo que quiera a que también le duele la cabeza…

EL JOVEN: Le aseguro que…

DOÑA ENCARNITA: (Sin dejarle hablar) No me asegure nada, porque no voy a creerle… A usted le duele la cabeza, pero no quiere confesarlo; cuando un dolor de cabeza no tiene la menor importancia, salvo que sea un dolor de cabeza especial, claro… Como los dolores que le daban a mi sobrina Loli… ¡Y cómo se quejaba la pobrecita! Se  levantaba  con ellos y se acostaba con ellos… ¡Aquellos malditos dolores no la dejaban en paz!... Le empezaban por la coronilla… y le llegaban hasta la frente… ¡Para volverse loca!... (Pausa breve) ¿De verdad, joven, que no le duele la cabeza?... Concéntrese, concentre toda la atención en su cabeza… Y ahora respóndame, ¿le duele o no le duele?... ¡Dígalo, dígalo, dígalo sin miedo!...

EL JOVEN: Pues sí… me parece que me está empezando a doler un poco…

DOÑA ENCARNITA: ¡Lo que a mí se me escape! Nada más verlo, pensé: a este joven le duela la cabeza. Si tuviera por aquí alguna aspirina…Pero no, lo mejor será que le recete el médico… Ya verá cómo le pone un buen tratamiento y esos dolores le desaparecen en un periquete. Ya lo verá… Claro que… a mi sobrina Loli el tratamiento dejó mucho que desear… y los dolores se le pasaron después desde la frente hasta la médula… No debe tratarse del mismo caso, porque a usted la médula no le duele, ¿verdad?

EL JOVEN: No…

DOÑA ENCARNITA: Tortícolis. Seguro que es tortícolis… (Pause breve) ¿Y si no fuera tortícolis?... Cuando durmió anoche, ¿sabe si colocó bien la cabeza?

EL JOVEN: Supongo que sí.

DOÑA ENCARNITA: Y la cabeza, ¿le está doliendo mucho?

EL JOVEN: Un poquito.

DOÑA ENCARNITA: Haga un poco de ejercicio y ya verá como se le pasa. Trate de girar el cuello hacia la izquierda, poco a poco… Eso… Más despacio… Muy bien… Ahora haga lo mismo hacía la derecha… Des-pa-cio… Repítalo ahora… Hacía la izquierda… Muy bien… A la derecha… Perfecto… Ahora hacia atrás… Fíjese cómo lo hago yo… Venga, ¿a qué espera?... Más atrás… Estupendo… Ahora hacia delante… Despacito, no tenga prisa… Y por último haga girar el cuello como si fuera un molinete… Muy bien… Dígame, ¿le sigue doliendo?

EL JOVEN: No, no me duele lo más mínimo.

DOÑA ENCARNITA: ¡Pues no se fíe!, no se fíe, porque, cuando menos lo espere, ¡zas!, le vuelve a doler… Pero, mientras no se llene de morados…

EL JOVEN: ¿Morados? ¿Qué clase de morados?

DOÑA ENCARNITA: ¿A usted no le ha salido ninguno?

EL JOVEN: Sí, tengo uno.

DOÑA ENCARNITA: ¿Detrás de una oreja?

EL JOVEN: En el tobillo.

DOÑA ENCARNITA: Se lo haría jugando al fútbol.

EL JOVEN: A lo mejor… (Reaccionando) ¡Pero si yo no juego al fútbol!

DOÑA ENCARNITA: Habrá tropezado con algo.

EL JOVEN: No, que yo recuerde.

DOÑA ENCARNITA: Pues sí que es casualidad… ¡Pero qué casualidad!... Bueno, bueno, no se preocupe, que los morados ya se sabe, a veces salen así, sin más ni más… (Pausa corta) Oiga…

EL JOVEN: ¿Sí?

DOÑA ENCARNITA: Y ese morado... ¿le salió antes o después de los dolores de garganta, de los que me habló al principio?

EL JOVEN: Más o menos.

DOÑA ENCARNITA: Déjese de ambigüedades… Haga un esfuerzo y recuerde si fue antes o después… Es importante…

EL JOVEN: Antes.

DOÑA ENCARNITA: ¿Antes?

EL JOVEN: No, no, después.

DOÑA ENCARNITA: ¿Seguro que fue después?

EL JOVEN: Sí, si, seguro.

DOÑA ENCARNITA: ¡Uy, uy, uy, uy!

EL JOVEN: ¿Por qué dice uy, uy, uy, uy?

DOÑA ENCARNITA: ¿He dicho eso?

EL JOVEN: Sí, señora. Usted acaba de decir, uy, uy, uy.

DOÑA ENCARNITA: Pues si lo acabo de decir es porque lo dije.

EL JOVEN: ¿Y ese… uy, uy, uy, uy… qué significado tiene?

DOÑA ENCARNITA: ¿Significado?... Ninguno… ¿Qué significado puede tener… uy, uy, uy, uy?

EL JOVEN: Por el tono.

DOÑA ENCARNITA: ¿El tono?

EL JOVEN: Sí, verá… Usted dijo… (Remedando)¡Uy, uy, uy!

DOÑA ENCARNITA: ¿Así, con ese tono?... Pues, ¿sabe lo que le digo, joven?, que ese tono no me gusta nada. ¿Usted no se molesta, si le pido que me enseñe el morado?

EL JOVEN: ¿Cómo voy a molestarme? (Se sube el pantalón) Dígame, señora, ¿qué le parece?

DOÑA ENCARNITA: ¡Un señor morado! ¡Qué barbaridad!... Y por aquí tiene otro…

EL JOVEN: ¿Otro?

DOÑA ENCARNITA: Ah, no, no, tranquilícese… No es un morado, sino un rosetón de pelo… A propósito, ¿no se ha dado cuenta de cómo se le han empezado a caer los pelos de esta pierna? A lo peor en la otra le pasa igual… ¿Me permite?... Lo que me temía… ¡Pero qué desastre!... ¿Es que usted no se mira las piernas?

EL JOVEN: No, la verdad…

Doña Encarnita: Hijo, pues no las tiene tan feas… Que yo he visto cada pierna de hombre por ahí, que da una risa… Pero las suyas me preocupan… ¿Y sabe por qué? Porque a mi sobrina Loli le pasó igual.

EL JOVEN: ¡Su sobrina Loli tenía pelos como los míos en las piernas?

DOÑA ENCARNITA: No, hombre, a ella se la caían de la cabeza. Verá: a unos se les cae de la cabeza, a otros de las piernas y a otros… ¡Vaya usted a saber!

EL JOVEN: ¿Y usted cree que esto de mis piernas puede ser grave?

DOÑA ENCARNITA: No sé qué decirle… El otro día vi un programa en la tele, ése de “Más vale prevenir”… Supongo que usted verá la tele…

EL JOVEN: A veces…

DOÑA ENCARNITA: Dígame una cosa: cuando lleva un ratito viéndola, ¿no le bailan puntitos brillantes alrededor de la pantalla?

EL JOVEN: Sí.

DOÑA ENCARNITA: ¿Sí?

EL JOVEN: ¡Sí, de varios colores!

DOÑA ENCARNITA: ¿Cómo si fueran estrellitas?

EL JOVEN: Sí, sí, como estrellitas.

DOÑA ENCARNITA: Mi sobrina también los veía.

EL JOVEN: ¡Nooo!

DOÑA ENCARNITA: ¡Sííí! Y usted, por supuesto, no se le ha ocurrido darles ninguna importancia, ¿verdad?

EL JOVEN: No… Yo siempre he creído que los puntitos o las estrellitas las veía antes de quedarme dormido delante del televisor. (Pausa breve) Señora... ¿usted cree que eso es malo?

DOÑA ENCARNITA: ¿Lo de quedarse dormido delante del televisor? ¡Qué va, hijo, qué va! ¡Nos pasa a todos! Y volviendo a los puntitos, me dijo que los ve de colores…

EL JOVEN: Exactamente.

DOÑA ENCARNITA: Predomina el lila…

EL JOVEN: Con amarillos…

DOÑA ENCARNITA: ¿Algún azulito?

EL JOVEN: Sí, ¿cómo lo sabe?

DOÑA ENCARNITA: Que al mezclarse con los amarillos, forman tonos de color verde…

EL JOVEN: Verde vejiga…

DOÑA ENCARNITA: Ahí quería llegar. ¿Qué tal le funciona?

EL JOVEN: ¿El televisor?

DOÑA ENCARNITA: No, hombre, no, la vejiga.

EL JOVEN: Pues…

DOÑA ENCARNITA: (Sin dejarle hablar) ¿Cuándo orinó la última vez?

EL JOVEN: Al salir de casa.

DOÑA ENCARNITA: Y ahora, ¿no tiene ganas?

EL JOVEN: No sé…

DOÑA ENCARNITA: De todos modos, si tiene ganas, ¿quiere un consejo? ¡Aguante!, que no es bueno, higiénico ni saludable, ir haciendo pis en cualquier sitio, ¡de ninguna manera! Porque, infecciones aparte, como en casita… ¡Aaaahhhh! ¡Qué alivio! cuando una llega apurada y se sienta… ¿A usted, joven, no le pasa igual?

EL JOVEN: Bueno, yo lo hago de pie…

DOÑA ENCARNITA: Que todavía no se le han hinchado.

EL JOVEN: ¿Cómo dice?

DOÑA ENCARNITA: Los pies…

EL JOVEN: No…

DOÑA ENCARNITA:¡Menos mal!... (Pausa breve) ¿Tampoco le pican?...

EL JOVEN: ¿Se refiere a los pies?... No…

DOÑA ENCARNITA: Un escozorcito…

EL JOVEN: ¿Un escozorcito?

DOÑA ENCARNITA: Sí, todo empieza por un escozorcito… Apuesto lo que quiera, a que usted también siente ese escozorcito…

EL JOVEN: Pues…

DOÑA ENCARNITA:¿A que sí?... ¿A que sí?... ¿Sí?...

EL JOVEN: Sí, parece que siento un escozorcito…

DOÑA ENCARNITA:¿No se lo decía yo? Pero, hombre de Dios, ¿qué va a hacer?

EL JOVEN: Perdone que me quite los zapatos.

DOÑA ENCARNITA:¡No se le ocurra rascarse!

EL JOVEN: ¡No puedo evitarlo! ¡Si supiera cómo me pican!

DOÑA ENCARNITA:¡Por el amor de Dios, no se rasque de esa manera!

EL JOVEN: ¡No puedo evitarlo! ¡No puedo evitarlo!

DOÑA ENCARNITA:¡No haga eso, que a mi sobrina, por hacer lo mismo que usted está haciendo, se le pusieron los pies como botijos!

EL JOVEN: ¿Y qué quiere que haga, si de repente me están ardiendo?

DOÑA ENCARNITA:¿Pero no ve que se está haciendo daño? ¿Quiere que le diga una cosa? A  mi sobrina, por rascarse, le salió además una úlcera, así de gorda…

EL JOVEN: ¿Una úlcera?

DOÑA ENCARNITA:¡Mejor dos, una en cada pie! ¿Eso es lo que quiere?

EL JOVEN: Pero si me pican como demonios. ¿Conoce algún remedio que pueda aliviarme?… Por favor…

DOÑA ENCARNITA: Eso se lo dirá el médico, ¡Por cuánto yo recetarle nada! ¡Faltaría más!...Pero…pero mi sobrina se aliviaba con… (Se calla)

EL JOVEN: ¿Con qué?.... ¿Con qué?

DOÑA ENCARNITA: No sé… no sé si debo decírselo…

EL JOVEN: Por favor…

DOÑA ENCARNITA:¿Y si el médico se enfada después?

EL JOVEN: Por favor… ¿con qué se aliviaba su sobrina?

DOÑA ENCARNITA: Con un preparado que yo misma le hacía.

EL JOVEN: ¿Qué clase de preparado?

DOÑA ENCARNITA: Si me promete dejar de rascarse se lo digo.

EL JOVEN: Se lo prometo.

DOÑA ENCARNITA:¿De verdad?

EL JOVEN: De verdad.

DOÑA ENCARNITA:¡Júremelo!

EL JOVEN: ¡Se lo juro!

DOÑA ENCARNITA: Póngase los zapatos.

EL JOVEN: Ya me los pongo, ya me los pongo.

DOÑA ENCARNITA: Muy bien… El caso es que no sé si yo voy a acordarme de la receta… Mmmm… Sí, me parece que sí… Yo siempre he gozado de buena memoria… En el colegio  me decían que tenía una memoria privilegiada… Y en la Universidad fui el asombro de mis catedráticos.

EL JOVEN: Sí, sí, pero la receta… ¡Dígamela!

DOÑA ENCARNITA:¿Usted tiene buena memoria? Se lo pregunto, porque si no toma nota, no sé si va a recordarla después.

EL JOVEN: Lo intentaré.

DOÑA ENCARNITA: Bueno… En un recipiente de barro se meten dos tazas de azúcar… un kilo de miel… un paquete de margarina vegetal… Se mezcla todo muy bien y se le echa corteza de limón… trescientos gramos de coco rallado… un litro de leche fresca, mixturada con medio paquete de leche en polvo y una lata de leche condensada… se le añade un cuarto litro de ron caliente… (Se calla) Me parece que me falta algo… ¡Ah, sí!, dos plátanos fritos machacados… Se revuelve bien y se mete en el horno durante hora y media… Después se saca  y se deja enfriar…

EL JOVEN: ¿Y se lo untaba en los pies?

DOÑA ENCARNITA:¿En los pies? ¡Oh, no!, se lo untaba en sendas rebanadas de pan tostado en los desayunos y meriendas… ¿Qué tal anda de apetito?

EL JOVEN: ¡Falta!, apenas un juguito.

DOÑA ENCARNITA: O sea: que siente inapetencia.

EL JOVEN: Sí.

DOÑA ENCARNITA:¿Desde que le empezaron los dolores de garganta?

EL JOVEN: Sí, desde que me empezaron.

DOÑA ENCARNITA:¿Y náuseas? ¿Siente náuseas?

EL JOVEN: Sí, también.

DOÑA ENCARNITA:¿Cómo si estuviera embarazado?

EL JOVEN: No lo sé.

DOÑA ENCARNITA:¿Qué no lo sabe?

EL JOVEN: Como nunca he estado embarazado…

DOÑA ENCARNITA: Ni falta que le hace, joven… ¡Se pasa horrible!

EL JOVEN: Por favor, dígame la verdad… ¿Usted cree que soy víctima de la epidemia de que me habló antes?

DOÑA ENCARNITA:¿Yo le hablé de la epidemia?

EL JOVEN: Sí, señora, la de la atmósfera seca… ¿Por qué no me responde?

DOÑA ENCARNITA: Yo no soy médico. Claro que, hablando de médicos, hay médicos y médicos…

EL JOVEN:¿Qué quiere decir?

DOÑA ENCARNITA: Quiero decir que hay médicos a los que deberían retirarles el título a perpetuidad, como el que trató a mi pobre sobrina Loli… ¡Sí usted supiera lo que le dijo después de estudiar un montón de análisis y cuatro o cinco kilos de radiografías!... ¡Si usted supiera lo que le dijo a mi sobrina!

EL JOVEN: ¿Qué le dijo?

DOÑA ENCARNITA:¡El muy sinvergüenza!

EL JOVEN: Señora…

DOÑA ENCARNITA:¡El muy cretino!

EL JOVEN: Por favor…

DOÑA ENCARNITA:¡El muy desnaturalizado!

EL JOVEN: Pero…, pero…

DOÑA ENCARNITA:¡El muy rebenque!

EL JOVEN: Pero…pero, ¿qué le dijo?

DOÑA ENCARNITA: Aquel mataperros le dijo…

EL JOVEN: ¿Sí…?

DOÑA ENCARNITA: Le dijo… ¡Ay!, ¿de quién estaba hablando?

EL JOVEN: Del médico que atendió a su sobrina…

DOÑA ENCARNITA: Ah, sí, le dijo: “Loli, ve tranquila a tu casa. Olvídate de los dolores de cabeza, de las náuseas, de los escozores en los pies y de todas esas cosas, porque estás como una rosa”… Me parece verla llegar a casa feliz y radiante de alegría, gritando: “Tía, tía, el médico me ha dicho que estoy como una rosa!”… (Pausa) Aquella misma noche la rosa se marchitó…

EL JOVEN: ¿Cómo?

DOÑA ENCARNITA: Que la pobrecita la palmó.

EL JOVEN: ¿Se…se…se…murió?

DOÑA ENCARNITA:¡Se murió!... Joven, ¿es usted casado?

EL JOVEN: Sí señora.

DOÑA ENCARNITA: ¿Hijos?

EL JOVEN: La parejita. El varón tiene dos añitos y medio y la hembra…

DOÑA ENCARNITA: (Cortándole) Y los papeles, ¿cómo tiene los papeles?

EL JOVEN: ¿Los papeles?

DOÑA ENCARNITA: Le pregunto si los tiene en regla.

EL JOVEN: Creo que sí… El carné de identidad… el carné de conducir… el seguro del coche… las letras del vídeo, del lavaplatos…

DOÑA ENCARNITA:(Interrumpiéndole) ¿Y qué me dice del testamento?

EL JOVEN: ¿El testamento? ¿Qué testamento?

DOÑA ENCARNITA:¿Qué testamento va a ser? ¡El suyo!

EL JOVEN: ¿Mi… testamento?

DOÑA ENCARNITA: Mi sobrina Loli murió sin testar, ¡y se armaron unos líos! No puedo creer que usted, con todos esos síntomas que padece, no se le haya ocurrido hacer testamento.

EL JOVEN: Pues no…

DOÑA ENCARNITA:¡Ah, los jóvenes de hoy, qué poco previsores! ¿Quiere un consejo? Tan pronto salga de esta consulta, vaya a un notario. ¡Vaya a un notario sin perder un segundo!, porque al final, joven, el final nos llega cuando menos lo esperamos… Pero, ¿qué le pasa? ¡Esta sudando! ¡Y se ha puesto más pálido todavía!

EL JOVEN: ¿Usted cree?

DOÑA ENCARNITA:¿Y los labios? ¡Si viera cómo tiene los labios!... No, mejor es que no se vea. ¿Se siente mal, joven?

EL JOVEN: ¡Ay, madre, qué fatiguitas tengo!

DOÑA ENCARNITA: No se asuste, hombre. Ya verá como el médico le dice que no tiene nada.

EL JOVEN: Sí, como a su sobrina Loli.

DOÑA ENCARNITA: Pero usted es un hombre fuerte, vigoroso…

EL JOVEN: ¡Si apenas puedo tragar!... De repente se me ha puesto una cosa aquí, en la garganta….

Doña Encarnita:¿Cómo un huevito de paloma?

El joven: ¡Más bien de avestruz!... ¿A su sobrina también le pasó eso?

Doña Encarnita: Sí, pero a ella el huevito se lo descubrieron cuando le hicieron la autopsia.

EL JOVEN: ¡¿La autopsia?! ¿Ha dicho la autopsia? ¡Nooo! ¡La autopsia no! ¡No permitiré que me hagan la autopsia!

DOÑA ENCARNITA: Pero, joven…

EL JOVEN: ¡No, señora, no lo permitiré!

DOÑA ENCARNITA:¡Por Dios bendito, cálmese! Después de todo, cuando se la hagan no va a enterarse… ¡Eh!, ¿qué hace…? ¡No se vaya!

EL JOVEN:(Alejándose aterrorizado) ¡La autopsia no!¡La autopsia no! ¡La autopsia no! (Sale)

DOÑA ENCARNITA:¡Joven, vuelva aquí! ¿No me oye? ¡Vuelva aquí enseguida!... (Pausa) ¡Qué barbaridad! En mi vida había visto un hombre más aprensivo… ¡Jesús, cómo se puso! Hay personas a las que no se les puede decir lo más mínimo… ¡Y cómo son las cosas! A mí, en cambio, me gusta que me digan la verdad de pe a pa, sin ocultaciones de ninguna clase… Si a mi pobre sobrina le hubieran dicho la verdad a tiempo, no le hubiera sorprendido la muerte así, tan de repente… ¡Pobrecita! ¡Pobrecita Loli! (Suspira y reanuda el punto)

ENFERMERA: (Entrando) Bueno, Encarnita, ha llegado tu turno. El doctor te está esperando. ¿Qué tal te encuentras hoy?

DOÑA ENCARNITA: ¡De maravilla!

ENFERMERA: Pero, ¡qué cosa tan linda estás haciendo!

DOÑA ENCARNITA:(Orgullosa) Es un suéter.

ENFERMERA: ¿Para ti?

DOÑA ENCARNITA: No, señorita.

ENFERMERA: Entonces, ¿para quién?

DOÑA ENCARNITA: Para mi sobrina Loli.

ENFERMERA: ¡Seguro que le va a encantar! Por cierto, acaba de llamar desde la oficina, para recordarte que no te vayas sin que ella venga a buscarte.

DOÑA ENCARNITA: No, señorita. No me iré, descuide. La esperaré aquí, sentadita, como hago siempre.

ENFERMERA: ¿Prometido?

DOÑA ENCARNITA: Prometido

ENFERMERA: ¿Vamos?

DOÑA ENCARNITA: Sí, sí, enseguida, enseguidita… Deje que guarde la labor, ¿sí?

UN PACIENTE: (Asomándose) Perdón…

ENFERMERA: Diga usted, señor.

UN PACIENTE: ¿Es aquí la consulta del otorrino?

ENFERMERA: ¿Del otorrino? No, señor. La consulta del otorrino es en la puerta de al lado… Esta es la consulta del psiquiatra…

 

(Oscuro rápido y TELÓN.)

domingo, 14 de abril de 2013

25. MONUMENTO

Estamos en tu ciudad, la que lleva tu nombre: Celia, Alejandro, Marina, Daniel... Avanzamos a través de unas callejuelas hasta llegar a la plaza principal, la más importante, situada en el mismo centro del entramado de calles que la forman. En el centro de esta plaza hay un monumento.

¿Qué monumento es? ¿Templo, estatua, fuente, llama votiva, columna conmemorativa, arco de triunfo, obelisco, tumba, altar de sacrificios, oráculo...? ¿Qué forma  tiene? ¿De qué materiales está hecho, y de dónde proceden? ¿Qué representa? ¿De qué estilo es? ¿Qué decoración tiene: frisos, relieves, pinturas, inscripciones, hologramas, proyecciones de luz?¿Qué función tiene?¿Qué hacen los habitantes en él durante sus festejos?

El texto de esta semana será descriptivo y consistirá en la descripción detallada de un monumento inventado, aquel que está en el centro del centro de vuestra ciudad propia, la ciudad que sois.

En la descripción debéis proceder con orden. Escoged el criterio: de lo general a los detalles, de arriba abajo, de abajo arriba..., pero siempre con método. Podéis hacer una descripción estática, sin que el observador se mueva del lugar desde el que mira, o dinámica, en la que va describiendo conforme se desplaza a su alrededor, o la contempla desde distintos puntos de la plaza. Ayudaos de vuestros conocimientos de historia del arte.

Un ejemplo:

http://es.wikipedia.org/wiki/Columna_de_Trajano







domingo, 7 de abril de 2013

24. CONVÉNCEME


Acabamos de estudiar los textos argumentativos, así que es el momento idóneo para que escribáis vosotros uno.

Vuestro escrito tendrá forma de carta, con encabezamiento y despedida. En ella tendréis que hacerme una propuesta y convencerme, mediante argumentos sólidos y bien pensados, de que os ceda las cinco horas lectivas que tenemos en la semana para aquello que a vosotros se os ocurra. Puede ser cualquier cosa: montar un taller y tienda de artesanía, aprender a bailar la jota aragonesa o simplemente dormir. Así que tendréis que afinar vuestras armas argumentadoras, pensar en las características del receptor, o sea, yo, y a partir de estas escoger el tono y los argumentos que os parezcan más propicios para lograr vuestro objetivo.
Recordad la estructura que debe tener el texto: una introducción en la que se formule vuestra propuesta, que contendrá la tesis; un cuerpo ordenado y sólido de argumentos, matizados por contraargumentos, todos ellos adecuadamente enlazados con conectores:

-De contraste: aunque, a pesar de que, pero, sino, sin embargo, aun así, no obstante…
-Causales: porque, pues, puesto que...

-Consecutivos: por consiguiente, por lo tanto, en consecuencia...
-Organizadores: primero, después, luego, por un lado, además, por otra parte, finalmente...

Terminad con una conclusión en la que se reformulen las ideas principales y se cierre el texto.

domingo, 31 de marzo de 2013

23. I ENCUENTRO INTERPLANETARIO


-Tú eres precisamente la persona adecuada –empezó a decir el director general desviando la vista después de haberme echado una mirada escrutadora. Yo temblaba; tenía un mal presentimiento-. Me acaban de decir que los llamados “magumagus” quieren contactar con nosotros. Todavía no hay un solo terrícola que haya entablado contacto directo con ellos. Pero antes de iniciar relaciones plenas, hemos decidido que, a modo de prueba, un representante de la Tierra y otro de Magumagu convivan durante una semana en uno de los domos de la base.

Como esperaba, se trataba de un trabajo que no me satisfacía, o más bien debería decir que me aterrorizaba.

-¿Y me ha elegido a mí?

El director asintió con una profunda inclinación de cabeza.

-En efecto. De todas las bases, creo que la nuestra es la más cercana a Magumagu.

-Tratándose de un período de convivencia, es conveniente que el representante de la Tierra esté dotado de un gran sentido común.[…]

-Tú eres la persona más sensata de toda la base. –Volvió a adquirir un semblante serio y habló en tono imperativo-: Vas a convivir con un magumagu.

Yo odiaba las tribus de otras especies, pero no tenía otro remedio. Al fin y al cabo, solo debía resistir una semana.

-Bueno, ¿y ese magumagu cómo es?

El director se puso algo nervioso y empezó a tamborilear la mesa con las yemas de los dedos.

-Pues no lo sé. Por eso te envío a convivir con él. Tendrás que observarlo todo: sus usos y costumbres, su actitud ante la vida, su forma de pensar, su carácter, y volverás habiéndolo aprendido. Tu interlocutor también tiene que aprender eso de ti, así que tú tendrás que enseñarle  todo lo que tenga que aprender.

-¿Y qué pasa si no puedo aprender nada? Por ejemplo, esto… si fuera de una raza que usa la telepatía, yo no tengo esa capacidad. O si se tratara de una raza muda que solo se comunicara con gestos…

-Ah, en cuanto a eso ya dispongo de la información. Los magumagus son capaces de hablar el idioma común de los humanoides, el mismo que tú debiste aprender en el colegio.

Eso me alivió.

-¿Humanoides? O sea, que no tienen forma de babosa, o de araña o pulpo, ¿no?

-No, hombre, tranquilízate, tienen forma humana. Además, no respiran con flúor, cloro o hidrógeno sulfúrico, sino con oxígeno. Como es lógico, al tratarse de humanoides, comparten con los terrícolas tanto la presión como la temperatura y la gravedad.

-El problema es el compañero que hayan elegido para mí –dije yo-. Por muy buena que sea la raza, si el que me toca en suerte es un bárbaro…


-No, por eso tampoco te preocupes –repuso el jefe, mirándome intencionadamente de arriba abajo-. Al contrario que nosotros, viene de la sede de Magumagu, así que está claro que es un excelente y selecto magumagu. […]

 

Así comienza el cuento del escritor japonés Yatusaka Tsutsui “El peor contacto posible”, en el que se relata un encuentro entre el narrador y un alienígena que acaba de forma catastrófica, pues los dos seres procedentes de mundos completamente dispares son del todo incapaces de lograr ninguna forma de comunicación, a pesar de ser ambos humanoides y compartir el lenguaje. Quizá quiera sugerirnos el autor que cada ser es un completo extraño para el otro, que los demás son para nosotros como extraterrestres con los que cualquier intento de comunicación es imposible.

No tiene que acabar igual vuestro relato, pues vosotros acaso seáis más optimistas y penséis que hay maneras de salvar las distancias que separan un ser de otro completamente distinto.

Partiendo de este principio vais a relatar el encuentro entre el narrador y un magumagu, tal como vosotros queráis imaginarlo. Podéis darle la orientación que queráis y el final que os apetezca.

No olvidéis las convenciones ortográficas para integrar el diálogo en el relato.

¿Es posible la comunicación entre terrícolas y magumagus? Vosotros decidís.

domingo, 10 de marzo de 2013

22. UNA SITUACIÓN RIDÍCULA

El relato de Julio Cortázar "Lucas, sus pudores", que forma parte de su libro Un tal Lucas, describe, en clave de humor, la extrema timidez del protagonista cuando tiene que usar el retrete durante una reunión social. Imagina que todos están escuchando los vergonzosos sonidos que produce, y cuando sale, piensa que todos están imaginando lo que acaba de hacer.
 
Este relato servirá de punto de partida para una redacción en la que debéis escribir sobre una situación cotidiana en la que os sintáis ridículos. Hay que narrar y describir pormenorizadamente los sentimientos que ello os suscita y por qué. A pesar de que el relato de Cortázar esté escrito en tercera persona, vosotros debéis hacerlo en primera persona. Vuestra redacción debe tener su toque humorístico, de acuerdo siempre con vuestro estilo particular de humor. Evitad, en cualquier caso, la grosería.
 
LUCAS, SUS PUDORES
 
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.

    Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.

    Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.

    Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.

    Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.


domingo, 3 de marzo de 2013

21. HÉROES DE CARNE Y HUESO

¿Tienes o has tenido algún héroe, alguien a quien admiraste, a quien quisieras parecerte? Es la ocasión de rendirle tributo contando quién es, cómo es y cómo ha sido su vida, qué has visto en esta persona que te haya marcado o de qué manera ha orientado tus decisiones o tu forma de ver las cosas.

E preferible que el héroe (o heroína) que describas sea real, pero admito también trabajos sobre personas que no conozcáis personalmente, o incluso que no sean reales. Lo indispensable es que verdaderamente sintáis que os han influido de forma decisiva.

Como ejemplo dejo este artículo de Arturo Pérez Reverte titulado "El viejo capitán", en el que habla de su tío marino, su héroe de infancia. Vosotros no tenéis que retroceder a la época infantil; este autor lo hace porque ya es mayor. Será interesante que habléis de vuestro héroe o heroína en la actualidad.


El viejo capitán

 
Mi tío fue el primer héroe de mi infancia. Cuando su barco tocaba en Cartagena, mis padres me llevaban al puerto, y junto a los tinglados del muelle contemplaba yo extasiado la maniobra de amarre, las gruesas estachas encapilladas en los norays, los marineros moviéndose por la cubierta y el último humo saliendo por la chimenea. A veces lo veía en la proa, como primer oficial, y más tarde, ya capitán, asomado al alerón del puente, arriba, inclinándose para comprobar la distancia con el muelle mientras daba las órdenes adecuadas. Después, inmovilizado el barco, yo subía corriendo por la escala, ansioso por pisar la cubierta vibrante por las máquinas, tocar la madera, el bronce y los mamparos de hierro, sentir el olor y el runrún peculiares del barco y llegar al puente, junto a la rueda del timón y la bitácora, donde estaba mi tío, que interrumpía un momento su trabajo para levantarme en brazos mientras yo admiraba las palas negras y doradas en las hombreras de su camisa blanca. Porque entonces los marinos mercantes llevaban gorra de visera con dos anclas cruzadas, palas en la camisa de verano y galones dorados en las bocamangas de hermosas chaquetas azules. En aquel tiempo, los marinos mercantes aún parecían marinos.

He dicho que lo idolatraba. Al día siguiente de su atraque, muy temprano, iba a su casa y me metía en la cama entre él y mi tía, para que me contara aventuras del mar. Nunca me defraudaba. Mientras mi pobre tía, resignada, se levantaba a prepararnos el desayuno, yo contenía la respiración, y con los ojos muy abiertos escuchaba cómo el capitán había naufragado cuatro veces en aquel viaje, y de qué manera heroica, rodeado de tiburones hambrientos, se enfrentó a ellos con un cuchillo, pensando todo el tiempo en su sobrino favorito. Otras veces me contaba cómo los crueles piratas malayos habían intentado abordar su barco en el estrecho de Malaca, el temporal que capeó doblando Hornos o cuando tocó un iceberg estando al mando del Titanic, sin botes para todos los pasajeros. Y yo lo abrazaba, emocionado, y se me escapaban las lágrimas, sobre todo con el episodio de los tiburones, cuando me contaba cómo, uno tras otro, habían ido desapareciendo todos sus compañeros menos él.

Luego crecí, y él envejeció, y tuvo hijos que a su vez lo esperaron en los puertos. En ocasiones, mi vida profesional llegó a juntarse con la suya y navegamos juntos, como cuando coincidimos, cosas de la vida, reportero y capitán, en la evacuación del Sáhara en el año 75, mandando él el último barco español -ya le había ocurrido en Guinea, era experto en últimos viajes- que salió de Villa Cisneros. Y al fin, un día, después de cuarenta años navegando, se jubiló y quedó varado en tierra; junto al mar pero tan lejos de él como si estuviese a quinientas millas de distancia. Y a pesar de lo que siempre creyó, con una mujer maravillosa y unos hijos adorables, no fue feliz en tierra. Iba a verlo -ahora era yo quien contaba aventuras entre tiburones- y allí, en su salita llena de libros y recuerdos acumulados como restos de un naufragio, fumábamos y bebíamos, recordando. Sólo se le iluminaban los ojos de verdad cuando recordaba, y yo procuraba animarlo a eso. Luego pasaba horas apoyado en la ventana, en silencio, mirando caer la lluvia, y yo sabía que añoraba otros cielos y mares azules. Pero el mar de verdad ya no le interesaba. Había llegado a odiarlo por hacer de él un apátrida, un fantasma varado en la tierra desconocida y hostil. Sus hijos tampoco lograron traspasar la barrera. El mayor compró un barquito que él apenas pisaba. Se volvió huraño, hipocondriaco. Cuando tuve mi primer velero, lo llevé conmigo mar adentro, esperando reconocer por un instante al ídolo de mi infancia. Pasó todo el día sentado, mirando el horizonte en silencio, dos dedos sobre el pulso de su mano derecha. Nunca volvimos a navegar juntos. Nunca volví a hablarle del mar.

Murió hace un par de años. Esta mañana he estado mirando un viejo cenicero de cristal de la Trasmediterránea en forma de salvavidas que siempre admiré desde niño, y que poco antes de morir hizo que me entregaran. Fue al mar, y nunca volvió. Era un buen marino. Y, como ocurre con los mejores barcos, se deshizo al quedar varado en la costa. Pero jamás lo olvidaré cuchillo en mano, nadando entre tiburones.